Respira y vuelve a empezar: una lección de resiliencia.
Hoy mi hija Emilia está cumpliendo años.
Y además tuvo su Exit Point del International Primary Curriculum (IPC) en su escuela.
Para este día, ella y sus compañeros se prepararon para hacer una presentación sobre el tema del proyecto, liderar dinámicas con el grupo de adultos presentes y compartir todo lo aprendido.
Cuando le tocó a Emi, se le olvidó lo que tenía que decir.
Se trabó.
Repitió lo mismo varias veces.
En ese momento algunas personas le dijeron:
“Solo respira”.
Ella les hizo caso.
Respiró.
Comenzó otra vez.
Y lo logró.
Después de ese episodio, cuando toda la presentación acabó, su profesor, muchas amigas y familiares se le acercaron a decirle que todo estaba bien, que lo había hecho súper y que la felicitaban por ser resiliente.
Claramente, todo lo que yo le había dicho antes se hizo realidad:
“Lo más importante no es si se te olvidó el tema o no, sino que seguiste adelante y no te rendiste. Que encontraste la manera de continuar y acabar lo que comenzaste.”
Eso es resiliencia.
La data es clara: educar en habilidades —en este caso, la presentación en público— crea situaciones incontrolables y desafiantes que pueden llevarnos a sentir que nos quebramos.
Pero la forma en la que reaccionamos ante esas adversidades es lo que hace toda la diferencia.
Según Ann Masten, la resiliencia es esa “magia ordinaria” que nos permite adaptarnos. Es la capacidad que tiene el cerebro de reorganizarse para salir adelante.
Edith Grotberg habla de los 7 pilares de la resiliencia donde, en resumen, el apoyo que tenemos de familia, maestros u otras personas cercanas; nuestros propios valores y autoestima; y nuestra capacidad para solucionar problemas son claves para enfrentar y sobrellevar cualquier situación.
Y Emmy Werner, quien condujo uno de los estudios longitudinales más largos y famosos sobre este tema, descubrió algo profundamente esperanzador: solo necesitamos un adulto significativo en nuestras vidas que crea en nosotros para cambiar nuestro destino.
Esto conecta directamente con la teoría del apego: saber que tenemos un “lugar seguro”, una persona que nos apoya y acompaña, nos da la fuerza para atrevernos a explorar el mundo y enfrentar desafíos.
¿Cómo podemos apoyar desde el salón de clases?
1. Tener una buena relación con nuestros estudiantes.
Conocer sus habilidades y desafíos, tanto a nivel pedagógico como de habilidades blandas, nos permite retarlos y apoyarles en el momento correcto. Enseñarles que equivocarse está bien. Que cuando algo pasa, nos levantamos y seguimos.
2. Crear momentos de exposición oral.
Desde muy pequeños podemos generar espacios cotidianos de Show and Tell donde los chicos comparten algo con la clase y lo explican. Poner tiempo límite a estas exposiciones les ayuda a elegir mejor sus palabras. Con el tiempo se pueden agregar preguntas y respuestas, donde sus compañeros los expongan a pensar rápido y contestar de forma intencionada.
3. Premiar el momento resiliente.
Todos nuestros estudiantes pasan por momentos de resiliencia. Estar atentos y hacerlo visible, enfatizando la fortaleza y valentía, hará que muchos otros se animen a enfrentarse a cosas que están fuera de su control, porque se sentirán apoyados en vez de juzgados.
Hoy, en su cumpleaños, mi mayor respeto por mi hija.
Y mi mayor agradecimiento a todos los que la hicieron sentir como una campeona por no dejarse vencer.
Porque al final, no celebramos que todo salió perfecto.
Celebramos que cuando se quebró el momento, ella eligió seguir.
Y eso —esa magia ordinaria— cambia destinos.